domingo, 9 de febrero de 2014

NATURALEZA FEMENINA EL DON DE LAS GUERRERAS






"Entonces la creación reconoció a su Creador en sus
propias formas y apariencias. Pues, al principio, cuando
Dios dijo: „¡Hágase!“ y así aconteció, el instrumento y la
Matriz de la creación fue el Amor, dado que toda la
creación se configuró a través de Ella,
como en un abrir y cerrar de ojos."


La realeza femenina: los misterios del combate y del juego de las fuerzas cósmicas

En cuanto a ese encanto universal capaz de captar las fuerzas físicas o sutiles, de canalizarlas por afinidad y metamorfosear así las formas, es la fuente de dos tipos de iniciadas, a veces reuniendo los dos aspectos: las hadas y las poseedoras de poder.

Las hadas, a partir de una cierta forma de percepción sutil, son capaces de conferir dones, es decir, de anudar en gavillas ciertas influencias benéficas sobre un determinado "germen" cuyo crecimiento será así favorecido. Similarmente, son capaces de aislar magnéticamente un campo de percepción sensorial creando un espejo ilusorio. Pueden así impedir realmente toda intrusión en un "campo" o reducir a la impotencia al que se aproxima a él. Son capaces también, por "naturaleza", de descubrir tanto las fuentes como las corrientes telúricas. Además, pueden catalizar energías para producir fenómenos físicos, sonoros, visuales, táctiles, provocar desplazamientos o regeneraciones.
La mujer-hada es siempre esencialmente una niña que ha conservado intactas las facultades de inocencia, espontaneidad e inmediatez. En contrapartida, la mujer-hada es particularmente vulnerable a los golpes del mundo ordinario. Lo ideal para un hada es ser amada por un caballero y recíprocamente. Pues entonces esta pareja es invulnerable, uno dominando la forma, la otra la energía, siendo recíprocamente fuente de alimentación, realización y perfección.

Pero la mediumnidad de la naturaleza femenina así como su energía vital le permiten igualmente desarrollar facultades superiores en actos heroicos:

Una resistencia física excepcional y el arte de regenerarse en el fuego de la acción;
Una movilidad y vivacidad superior así como la flexibilidad que compensa la fuerza física (véanse las Amazonas);
Una corrosividad superior a la del macho, que la alquimia relaciona con el "mercurio volatil" y una insensibilidad relativamente mayor al mal sufrido o infligido. ¿Fiereza?
Una percepción sutil de la dirección e intensidad de las energías en el momento de su proyección, lo que permite actitudes previsoras y trampas, y un sentido agudo de los puntos débiles;
Una forma de coraje que reposa sobre la confianza instintiva o la inspiración espiritual más que sobre una resolución moral y mental;
Una utilización del encanto en modo de presencia obnubilante y fascinadora para captar y desviar la atención del adversario.




La utilización combinada del genio intuitivo sutil y los recursos indefinidos de la energía vital -que una mujer sabe, por instinto "reciclar"- sobrepasa con mucho el simple enfrentamiento mecánico de las fuerzas físicas o incluso la destreza mejor ejercitada de un guerrero hábil y valeroso. Por eso la guerrera es la iniciadora última del guerrero. Por eso también la Dama no tiene solamente, al lado del caballero, una función de inspiradora galvanizante, sino, además, a veces, la de un modo secreto de protección así como la presencia activa y poderosa que transmite esa energía primordial, ese ardor del fuego vital.
Existe, pues, una vía de "mujeres heroicas" y no es sin razón que la Edad Media colocaba a nueve heroínas equilibrando a los nueve héroes de la leyenda. Son Tammamis y Semíramis, reinas de Egipto; Hipólita, Penthesilea y Lampredo, reinas de las amazonas; Deifemme, Deisille, Tancqa y Menelippe, cuyo papel se conoce mejor. Penthesilea, que acudió en ayuda de Aquiles a galvanizar el coraje de los troyanos, es típicamente la que reúne la fuerza dispersa, la que reanima el valor. Representa un tipo femenino cardinal que vuelve a encontrarse por ejemplo en Santa Genoveva, Juana de Arco o Jeanne Hachette. Es la mujer "fuerte como un ejército armado y listo para la batalla" del cántico de Salomón. Es también el miso de Isis que concentra la fuerza viril.
Se habría podido inscribir también entre las valientes a Judith y Deborah, pues ellas ilustran, como Penthesilea, la capacidad esencialmente femenina de resolver una situación bloqueada, si es preciso por una disolución violenta y rápida del "nudo" que constituye el obstáculo a la canalización armoniosa de la energía. Por otra parte, la muerte, ejecutora y transmutadora, es también una mujer... Se trata pues siempre de asegurar una mediación y un paso, ya sea horizontal o vertical, entre la tierra y el cielo. Es ahí donde reside la proeza característica de la caballería femenina.

Se podría reflejar su modo de operación mediante la expresión "acción de gracia" en el sentido de insuflar una influencia espiritual y sutil capaz de movilizar energías terrestres y celestes, de desanudar y armonizar, tocando los punto sensibles que rigen la regeneración y el impulso de exaltación. Y esto de forma espontánea, "gratuita", impalpable. La mujer, en este sentido, es dueña de la apertura del corazón, como es también depositaria de los secretos indecibles del arte de liberar las armas, por una aceptación muda del orden del mundo y de la voluntad del Cielo. Se dice en este sentido, en el Evangelio, que la Virgen "guardaba y meditaba todas las cosas en su corazón".

En consecuencia, la naturaleza de la hazaña femenina no es construir o modelar formas, físicas o mentales, sino más bien suscitar su advenimiento, vivificarlas y animar las energías que subyacen. A la mujer pertenece el secreto de la dinámica que produce, modifica y regenera: provoca el ardor y el entusiasmo, despierta las potencialidades estancadas y desbloquea las situaciones al invertir los polos. La mujer encarna elementos sutiles, impalpables, que crean una atmósfera de vida y crecimiento (o de muerte y destrucción) por un modo de presencia que actúa desde el interior y en la raíz de los fenómenos. Actúa pues sobre el registro de lo informal, de lo indecible y lo invisible.



La mujer consciente y dueña de sus poderes no actúa tanto por gestos como por la gracia y la fuerza de los gestos, no tanto por la creación de formas como por la luminosidad, el color y la armonía que en ellas revela, no tanto por palabras como por la resonancia de las palabras, el timbre de la voz y el encanto del canto. A este respecto existe un arcano femenino del arte del canto: el de las nanas o canciones infantiles, el de los cantos de amor o los de guerra, excitando el ardor combativo, el de los cantos de duelo canalizando el estado emotivo de tristeza, e incluso el de los cantos que operan curaciones físicas o reconciliaciones afectivas, como todavía saben practicarlos en la actualidad los coros de mujeres chamanes de Siberia. Estas técnicas sonoras sirven para expresar y amplificar la emoción y la sensación física hasta el paroxismo condensándolas y canalizándolas para movilizarlas a fin de producir un efecto, un estado de conciencia: calmar, apaciguar, disolver; o regocijar, encantar, incluso cautivar, y aniquilar a un enemigo como sabían hacerlo las sirenas de la Odisea.

A través de esta potencia de evocación y de realización de la voz femenina se llega al misterio central de la mujer iniciada: el de aportar en cualquier lugar en que se encuentre el influjo de la intensidad creadora y dar el alma a un lugar, un tiempo, un acto o un ser humano débil o herido: reunir las fuerzas de la vida.